cerveza

La cerveza subirá de precio. Y eso me entristece.

La cerveza va a subir de precio por nuestra culpa. El calentamiento global arrasa con los campos de cebada, por lo que sufrirá un incremento en su coste.

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O no. Ya no sé qué pensar sobre esta vorágine de fake news y sensacionalismo que ha creado internet. Y es que aquí, en la red, todo funciona como en una partida de dominó. Las fake news y las noticias adornadas en favor a los intereses serían las fichas que se tambalean sobre un tablero de dominó social, que somos nosotros. Si se cae la primera, no hay vuelta atrás, las fichas caerán una sobre otra irremediablemente. Iniciarán un proceso irreversible, como una epidemia infecciosa que se expande velozmente entre nuestros vulnerables cuerpos humanos. Así es Internet. Pero, bueno, aquí se viene a jugar. En parte, es un pacto que todos aceptamos, codiciosos de información en forma de imágenes, sonido, y palabras. Pero, joder. Aún así, uno no hace más que preguntarse, ¿qué cojones se supone que debería pensar? No quiero imaginarme un mundo sin cerveza.

En cualquiera de los casos, por mucho que me guste imaginar la posibilidad de que sea todo pura fekada, me temo que no se trata de eso. Básicamente, porque el detonante de la difusión de la noticia ha sido la revista Nature, que más autoridad en el campo científico no puede tener.

No sé qué hacer, no sé cómo controlar lo que siento ahora mismo. ¿En serio va a subir de precio la cerveza por nuestra puta culpa? ¿Cómo podemos ser capaces de destruir nuestro hábitat a nuestras anchas a cada paso que damos?

De verdad. Flipo con el ser humano. Flipo conmigo misma. Desde que me enteré de que la cebada subirá de precio por culpa del calentamiento global y todo eso, no puedo beber agua del grifo tranquila. Ni dejarme la luz de la habitación encendida. Ni siquiera puedo evitar que la idea asomé tímidamente por mi cabeza cuando me monto en un taxi. Es más, preferiría no tener que volver a pillar un taxi.

Tampoco quiero parecer exagerada. Sé que estaréis pensando que «estas cosas suceden a muy largo plazo”, pero yo quiero que por un momento penséis en la idea de no poder beberte una Mahou fresquita nunca más. ¿Te imaginas no volver a notar el suave roce de la crema bañando tus labios? Piénsalo, ¿qué pasaría si nunca más pudieras juntarte con tus colegas en un bar a tomar esa caña, generalmente acompañada de una tapa, que hacen de la velada un momento especial, una experiencia digna de recordar al detalle? Sería demasiado chungo.

A ver. Vamos a verlo así. Cuando quedas para tomar una caña…

¡Ey!, ¿vamos a tomarnos una caña?

– Venga y así nos vemos, que hace tiempo que no sé de ti.

Sin embargo, cuando vas a comer por ahí no dices…

-¡Ey!, ¿vamos a comer espaguettis a la carbonara?

Es así. El momento cervecero es especial. La cerveza crea entre quienes la comparten un vínculo simbólico que, aunque pueda durar tan solo lo que dura una caña, es suficiente para la inspiración, la motivación y, en cierto modo, la calidez de la cercanía.

Entre cervezas surgen las buenas ideas. Es decir, si lo piensas de esta forma, la cerveza, al unir personas en una agradable atmósfera de convivencia, crea el clima perfecto para dejar bullir la inspiración y la creatividad.

La cerveza hace más amigos. Y nunca nos traiciona, como puede ocurrir con las bebidas espirituosas, porque la cerveza es suave y ligera. Pero nosotros sí la traicionamos a ella, cuando nos pasamos de la raya. Cómo somos. Hay que ver.

El caso es que nos estamos cargando todo lo que amamos. Sin ser conscientes. Y nos vamos a arrepentir. O al menos, eso dicen las últimas noticias que una encuentra navegando en la red.

Me da mucha rabia pensar que una de las pocas cosas que me ayudaba a evadir la mierda de sistema en el que vivo corra el peligro de desaparecer.

A ver, que ya sé que no va a desaparecer (de momento). Que ya sé que solo se trata de una subida de precio. Pero, si vivierais en Madrid sabríais que, en la capital, beberse una Mahou es muchísimo más satisfactorio y merecido porque es mucho más cara. Aquí, para la peña joven, beber cerveza es casi un premio. El caprichito después de un largo día de trabajo o el premio tras una dura semana laboral.

En resumen, que beber cerveza es un acto casi ritual, especial. Y, ¿sabéis lo que más me jode? Que, a sabiendas de que la postmodernidad nos ha traído una de las mayores crisis espirituales de todos los tiempos, nosotros seguimos tirando, tirando y forzando. Y ahora, sin pretenderlo, nos vamos a cargar uno de los pocos tesoros naturales que quedan en nuestro planeta. Que vale que sea muy a largo plazo, pero joder… Si muchos de vosotros ya os planteáis si traer un hijo a este mundo merece la pena, ¿qué pasará cuando no quede ni un ápice de cebada en ésta, nuestra comunidad?

Me llevo las manos a la cabeza.

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