Youtube Trash

YouTube se cargó mi cultura musical….

El Youtube es una fuente de contenidos musicales casi infinita. Eso sí, desde mi punto de vista, se ha cargado la cultura musical. ¿Por qué?

Youtube TrashYouTube ha acabado con mi cultura musical. Y no, no es precisamente culpa de su algoritmo

Hace cosa así de tres o cuatro años, recuerdo que les decía a mis colegas, siempre bien traumatizada, que era increíble la cantidad de música que se producía desde que Internet se consolidó. Concretamente, YouTube se me asemejaba al mayor vertedero de basura, en el que cada vez es más difícil llevar a cabo la ardua labor de diggear.

No me malinterpretéis, diggear en YouTube es algo maravilloso, si empiezas a viajar por la estructura de enlaces que te propone el algoritmo con los vídeos relacionados, puedes descubrir auténticas joyas musicales. Pero, no es precisamente de eso de lo que vengo a hablar. La verdad es que descubrir nueva música en YouTube es cada día más difícil, y cada día supone mayor trabajo el hecho de hacerlo manualmente. Para eso tenemos al algoritmo, que cree conocernos (y así lo demuestra muchas veces) casi mejor que nosotros mismos. No por nada, sino porque cada día se sube más y más contenido. Y, de igual manera, cada día es mayor el volumen de contenido que consumimos.

A ver, acabo de  ir a mi canal de Youtube para comprobar cuántas listas de reproducción tengo. Si no me equivoco, serían unas 24, sin contar la de Vídeos favoritos ni la de Ver más tarde. También quiero aclarar que tengo hasta 3 cuentas en YouTube, cada una con sus listas de canciones. En cada lista puede haber, más o menos, una acumulación de 50-70 canciones. ¿Os podéis imaginar la cantidad de música que supone eso? ¿Creéis que sería capaz de aprenderme los nombres de todas esas canciones? No, no, no. La mayor parte de veces que quiero escuchar alguna, busco en la lista (generalmente las tengo ordenadas por género musical). A esto me refiero con que diggear en YouTube es cada día más difícil: coleccionamos música por encima de nuestras posibilidades. Igualmente, se produce música por encima de las posibilidades de escucha del consumidor. Antes, teníamos nuestros discos, los que comprábamos después de ahorrar cautelosamente, los que escuchábamos enteros en una situación casi ritualística, y los que decidíamos adorar u olvidar para siempre en el baúl de los recuerdos. Así era la movida. Ahora, en un par de clicks puedes tener hasta 7 listas cargadas de temas.

Personalmente, desde siempre he sido fiel amante y consumidora de todos los registros de música negra que puedas imaginar. Todo empezó con la llegada de Internet y los programas p2p. Bueno, en realidad, la música siempre ha sido un factor omnipresente en mi hogar, porque mi padre es una persona muy extraña, y extrañamente melómana. Su obsesión por la música, a veces, roza morbosa pero amenazantemente, la locura; hasta el punto en que es capaz de salir de casa y sentarse solo a pasar la tarde en un bar con un café y sus auriculares puestos. Mi padre nunca ha sido una persona muy extrovertida, siempre prefirió perderse en la música que “hablar con gilipollas”, como él diría.

Pero, el caso. Antes de que estallara la bomba de la piratería, con la llegada de programas como el Ares, el e-Mule, o el Kazam, en mi casa seguía sonando música negra. Sobre todo reggae, funk y disco. No obstante, cuando la bomba estalló, algo cambiaría. Algo que me afectaría directamente: el señor Fatene había descubierto un artefacto mágico para poder acceder a, si no toda, casi toda la música del mundo.

El señor Fatene, que siempre ha sido una persona bastante autoritaria, sobre todo con sus hijos (haciendo honor, nos guste o no que sea así, a la cultura del islam), pensó que sería para él mucho más cómodo que fuesen sus hijas, casi nativas digitales, las que se encaminaran en la aventura de buscar y rebuscar entre la cantidad de basura disponible en estos programas, para encontrar la música que su progenitor les encomendaba previamente. Había tardes en las que mi padre, antes de irse a dormir la siesta, nos dejaba a mí y a mi hermana una lista con cientos y cientos (real) de canciones, discos, recopilatorios, que quería tener en su colección. Era la condición que teníamos que cumplir si queríamos meternos en el Messenger, descargarle la música al papa. Eso sí, aprendimos mucho.

Me parece curioso. Utilizo a mi padre como el perfecto ejemplo de cómo ha cambiado la cosa, porque el es un digger de los de antes, y su memoria realmente es capaz de almacenar una gran cantidad de información con respecto a la música que le gusta. Esto es así porque es su pasión. Al final, el melómano es esa persona que está durante mucho, mucho tiempo, escuchando música muy diferente, conocida por él, y no tan conocida. Eso es así. Melómano no es quién tiene más música guardada a golpe de click. Tampoco el que acude a Google para conocer en menos de 30 minutos la historia de un género, gracias a Wikipedia.

Antes, dependíamos de la memoria del ordenador, y antes de esto, de la nuestra, así como del dinero que tuviéramos disponible para gastar en música. Eso hacía que lo valorásemos todo mucho más. Por otro lado, antes un artista podía tardar hasta cuatro años en sacar un disco. Que esto ya era considerado demasiado, pero es que ahora, en dos años, un artista puede sacar dos discos con su proyecto personal, y hasta diez singles de colaboraciones. Se produce música a una velocidad tal que de los grandes artistas, el día de mañana, nos resultará imposible o casi imposible conocer toda su obra. No pasará lo que pasó con Michael Jackson, es muy difícil conocerse la discografía completa de un artista moderno.

Hay veces que le silbo a mi padre una canción por el WhatsApp y él, al poco tiempo, me ha respondido con la siguiente información: Nombre del track, nombre del grupo o artista, nombre y año de publicación del disco al que pertenece el track, etc. Incluso, a veces, yo le pasaba una fotografía de una portada y no tardaba ni cinco minutos en decirme, con su mal acento, el disco y el año de publicación, el grupo responsable, y si forma o no parte de su extensa colección musical, lo que, la mayor parte de veces, suele suceder.

A mí, no obstante, hay veces que me pasa lo contrario, me suena la canción, pero no conozco ni el nombre, ni el artista, ni el disco al que pertenece, ni el año de su publicación… con suerte, me sé algunos versos que puedo poner en Google esperando encontrar la canción en cuestión. Con suerte puedo buscar durante un largo rato en alguna de las listas de las cuentas que tengo en YouTube y encontrarla. O quizás, recurra a lo más fácil: abro el WhatsApp y se la silbo a mi padre, esperando respuesta. La verdad es que mi padre es casi como Shazam cuando se trata de música negra, nunca falla.

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